Mostrando entradas con la etiqueta Prensa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Prensa. Mostrar todas las entradas

martes, 14 de julio de 2015

“Por la ruta cifrada”

Boca de Sapo
Por Adriana Mancini

La república posible. 30 lecturas de 30 libros en democracia, Diego Bentivegna y Mateo Niro (eds.).Buenos Aires, Cabiria, 2014, 272 págs.


La literatura, hemos aprendido en este país agraviado por cruentos Golpes de Estado en el pasado, cargó sus espaldas con la no siempre posible tarea de mostrar el revés de la trama de la historia oficial. Censurados en su momento, los textos literarios, desafiantes, guardaron silencio en los años dictatoriales, pero acumularon los hechos en la memoria de la escritura clandestina. “La memoria, […] no se plantea en la literatura como lo dado, sino como aquello que tiene que ser trabajado” aseguran los editores en el excelente prólogo de La república posible. Los estragos del exilio, desapariciones, tortura, abuso de poder, la guerra del Cono Sur y la muerte en todas sus manifestaciones fueron emergiendo en los albores de la democracia. Lenta pero implacable, la literatura de esos años hasta el presente no sólo trabaja sobre un material que desde diferentes perspectivas sigue sorprendiendo, sino que permite a la crítica que la aborda una lectura montada en la paradoja del futuro perfecto; es decir  “[…] imaginar cómo habrá sido la literatura de un mundo futuro”.
Los treinta ensayos que componen esta original edición remiten a treinta obras publicadas en treinta años de democracia. Treinta críticos, escritores, poetas (los géneros habrán tendido a fundirse) eligen sin condicionamientos su obra dilecta posibilitando una bienvenida república, en las letras. No sorprende que el primer artículo sea sobre Los Pichiciegos de Fogwill; tampoco desentona la lectura presente de una novela escrita en sincronía con una guerra arbitraria y sangrienta que signó el destino de los militares del poder: “Contada como farsa de guerra, Los pichiciegos revela lo que la guerra tuvo en sí misma de farsa”. Otra línea se desprende de Las islas de Gamerro, novela que resuelve la dificultad de contar una guerra sin caer en una gesta patriótica, subrayando grietas sociales y la represión militar. En Alambres de Perlongher se enfoca el legado de la dictadura –“Cadáveres”–  y el concepto teórico de desterritorialización adoptado para representar el desarraigo “de la  patria, lengua, […] del cuerpo vivo”.  La lectura de El aire de Chejfec (aunque opacada por el error en el título de un reconocido cuento de Cortázar) rescata una sugerente anticipación de ciertos hechos económicos y sociales. Asimismo, en El dock de Sánchez y Rapado de Rejman hay rastros de ese “futuro perfecto”: ambos serían referentes de la “ficción política” por venir. De Cortázar y Dunlop se eligió Los autonautas… porque  “lo programado como poética aparece ya transformado en escritura”.
Los desplazamientos migrantes son los ejes en La italiana de Suarez y Stefano de Andruetto; la tecnología en riesgo de arcaizarse surge de las múltiples facetas de Los años 90 de Link; la sobredimensión  –“una carcajada homérica”– en el “espíritu de los años 60” en consonancia con los 80 en El fervoroso idiota de Llinás. Desde el Borges de Bioy, donde “ambos están haciendo literatura”, hasta la sensibilidad revelada en Los cuentos del sapo de Villafañe; desde Tartabul de Viñas, “capaz de medirse con toda la literatura argentina”, a  El desierto y la semilla de Baron Biza en la que el “cuidadoso trabajo sobre el habla de los personajes” no ensombrece su “siniestra  excentricidad”; desde El trabajo de Jarkowski donde la tensión entre lo erótico y lo social sucumbe en enamoramiento (de una lectura comprometida con un “nos” inclusivo); y la extrañeza sobre lo cotidiano en la creación de Uhart y la mediocridad del pensamiento burgués desnudado en Vivir afuera de Fogwill; incluso, la posibilidad de “hablar de la dictadura sin mentarla” en El colectivo de Almeida: todos son senderos que aunados arman La república posible.
A su vez, las lecturas de los poetas escanden las travesías de la memoria e insertan rastros más sutiles aunque no menos corrosivos. Una “poderosa” vuelta a la gauchesca, en El gran surubí de Mairal; “una zona de reflexión” en Estado de Reverencia de Godino; la puesta en abismo en El affair Skeffington de Moreno. En Violín obligado de Gianuzzi se afirma “no hay cadáveres. Hay una presencia ominosa de la muerte”; y en la contracara, la elección de Los conjurados por ser “el más sereno y más alegre” de los libros de Borges; Escribanía de vivos y muertos de Martínez transfigura la humillación en la infancia y vejez; la Antología de Mermet reafirma que “la relación de la escritura con el mundo es el feliz juego de una tensión”; El vespertillo y las parcas de Carrera exalta “las palabras contadas por la vitalidad de esas mujeres” y Finlandia de Aulicino “consolida una expresión poética que participa tanto de la evocación histórica con acento coral como del doliente yo”. 
Hay entre las lecturas dos reflexiones que configuran ese espacio donde el libro y su propósito –la literatura– se repliegan y encuentran su mínima expresión, su matriz. Padeletti, concluye su crítico, entrega sus Poemas 1960/1980 “gestándose con ese estilo de semillas que siguen su ruta cifrada” y otro lector de esta “república posible” apunta, sobre la Poesía completa de Inchauspe, que la osadía de “reunir palabras, juntarlas pacientemente, combinar vocablos, resulta un tipo de tarea que procura detener una imagen en el curso del tiempo”.

viernes, 10 de julio de 2015

“La escuela tomó la lectura como bandera”

Pagina 12
Por Karina Micheletto


Además de ser una de las más destacadas plumas del género, Méndez mantuvo charlas con otros escritores a través del programa Bibliotecas para Armar, que ahora se compilan en 20 conversaciones con autores de la literatura infantil y juvenil de la Argentina.




Un escritor que convoca a colegas a charlar abiertamente, sacando de esos encuentros tela para cortar: un blog y un libro que termina siendo material de consulta. Un puente entre la mirada y el saber propios, los de sus colegas y los de un público ávido por un tema del cual no hay mucha divulgación, aunque sí mucha producción. Algo de eso es Mario Méndez, una de las más destacadas plumas que tiene la literatura infantil y juvenil argentina, creador de obras profundamente poéticas como Prohibido ordenar (Pequeño Editor), divertidas aventuras como la de El genio de la cartuchera (Alfaguara), tiernas noticias como las Noticias del amor (Edelvives), entre tantas.

miércoles, 23 de julio de 2014

Reseña de Voces y ecos en Rétor

Transcribimos la reseña publicada por Carolina Tosi, profesora y licenciada en Letras por la Universidad de Buenos Aires, e investigadora becaria del Conicet, para Rétor, publicación digital de la Asociación Argentina de Retórica (AAR). La misma puede leerse también aquí.



El libro Voces y ecos. Una antología de los debates sobre la lengua nacional (Argentina 1900-2000), cuyas autoras son las profesoras Dra. Mara Glozman (UBA-Conicet) y Dra. Daniela Lauría (UBA-Conicet), ha sido publicado por Cabiria Ediciones (Colección Oximorón) y por la Biblioteca Nacional (Libros del Museo). La obra pone en circulación una serie de textos elaborados durante el siglo XX, que muestran diversas posiciones respecto de la cuestión de la lengua nacional, en vinculación con sus contextos particulares de producción.
    Objeto de controversias y visiones enfrentadas, la identidad lingüística en la Argentina se ha constituido como un tópico frecuente en polémicas y debates, tanto en el campo intelectual como en el político, y actualmente es materia de gran interés para los estudios culturales, en general, y para los lingüísticos y literarios, en especial. A través de esta compilación, los lectores pueden acceder a una serie de textos que problematizan la lengua desde diferentes campos y que, asimismo, conforman la génesis de muchas de las representaciones sobre el idioma nacional que existen hoy en día. En este sentido, el destinatario de la antología no es necesariamente un especialista en la materia, sino que puede serlo cualquier lector que, interpelado como hablante y ciudadano, se proponga pensar la lengua y la identidad cultural a partir de diversos puntos de vista.
    Lejos de concebir la lengua como una unidad, la obra pone el foco en las múltiples y variadas construcciones de las que ésta ha sido objeto. De hecho, los textos seleccionados están dispuestos de modo tal que pueden percibirse en diálogo: discuten, confrontan y plantean interrogantes no solo sobre la cuestión de la lengua nacional, sino que abren la reflexión hacia otros planos; por ejemplo, nos llevan a pensar acerca de los proyectos educativos que ciertas representaciones sobre la lengua también ayudaron a respaldar. Asimismo, los textos reunidos pueden constituir un corpus relevante para los estudios retóricos, pues constituyen un material de archivo poco frecuentado y que pueden sorprender hasta a un lector con cierta experticia en la temática.
    Cabe destacar el riguroso trabajo de investigación, selección y organización del vasto y heterogéneo material de archivo histórico que las autoras han llevado a cabo. En efecto, el libro ofrece un novedoso recorrido por variados tipos de textos –como artículos especializados, ensayos, leyes, manuales, diccionarios y narrativa–, producidos por autores e instituciones que definen y caracterizan a la lengua desde sus propias subjetividades y lugares de enunciación. Según comentan las autoras, la heterogeneidad de los materiales seleccionados tiene cierto efecto “desacralizante”, pues permite ubicar en un mismo nivel, el del debate, textos provenientes de lugares socialmente legitimados para hablar sobre la lengua –institutos e investigadores de universidades nacionales, la Academia Argentina de Letras o escritores consagrados como Jorge Luis Borges o Ernesto Sábato, entre otros– y textos generados por autores menos conocidos o ámbitos de enunciación que no suelen asociarse al saber sobre la lengua, como los ensayos de Hernández Arregui o elManual Práctico del Segundo Plan Quinquenal. De este modo, la compilación contribuye a historizar los discursos y a abordarlos a partir de la pluralidad de intereses y modos de conocimientos que los atraviesan, teniendo en cuenta sus espacios simbólicos de enunciación.
    El título de la obra, Voces y ecos, que sin dudas puede enmarcarse dentro de la tradición bajtiniana, anticipa la relación dialéctica entre los sentidos previos ya existentes y los movimientos discursivos de evocación, actualización o rectificación que llevan a cabo los discursos posteriores. Así, las voces que emergen en cada uno de los discursos se replican en ecos que se retoman en los otros textos a través de temas recurrentes y desplazamientos que marcan continuidades pero también transformaciones, rupturas y la creación de nuevas polémicas. “Cada formulación es una reenunciación, en la que los elementos retomados –conscientemente o no– aparecen reformulados, introduciendo nuevos sentidos que responden a otras condiciones de producción”, explican Glozman y Lauría. A modo de ejemplo, señalan que durante el segundo gobierno de Perón se reavivó el debate sobre la soberanía lingüística nacional y aparecieron ecos de los planteos de la generación de 1837 y también de diversos textos elaborados en las décadas de 1920 y 1940. Sin embargo, como bien subrayan las autoras, el funcionamiento político e histórico de tales ideas fue muy diferente.

El trazado del itinerario
    La antología se organiza mediante una sección introductoria y siete partes o capítulos, en los que se presenta el material en forma cronológica y de acuerdo con una serie de ejes temáticos que concentran las principales polémicas del período en torno a las relaciones entre lengua, nación, identidad y norma. A su vez, cada de unos de estos capítulos se compone de una explicación inicial referente a tales controversias –enmarcadas dentro los procesos socioeconómicos, políticos y culturales en los que los discursos fueron gestados–, a la que les siguen los fragmentos seleccionados.
    En la sección introductoria “La cuestión de la lengua nacional en la Argentina. Apuntes para la lectura de los materiales de archivo”, Glozman y Lauría ofrecen un marco de contextualización y análisis, así como fundamentos metodológicos acerca de la selección del material. Además, hacen hincapié en las discusiones en torno a la relación entre lengua y nación suscitadas durante el siglo XIX, que forjan las bases del debate y delimitan los tópicos centrales que serán retomados en los discursos del siglo XX.
    Particularmente, las autoras refieren a dos momentos claves en los debates decimonónicos del siglo XIX: la generación del 37 y la generación del 80, cuyas polémicas aparecen en diversas compilaciones, como las de Arturo Costa Álvarez (1922), Arturo Cambours Ocampo (1952) y Alfredo Rubione (1983). Si bien en esos discursos recopilados se tematizan cuestiones relativas al contexto específico de producción, que con el tiempo pierden relevancia, hay otras que mantienen su vigencia y emergen en el entramado discursivo de los debates del siglo XX. En efecto, ciertas cuestiones –como los efectos de otras lenguas en las variedades del español de la Argentina y el lugar de la lengua en los procesos de unidad regional, entre otras– son evocadas y actualizadas en función del complejo proceso de transformación que vivió la sociedad a lo largo del siglo XX.
    Para comprender en profundidad la problemática, resulta esencial la explicación aportada por las autoras acerca de dos posiciones contrapuestas que atraviesan y definen los debates del siglo XIX y que luego se desplazan a los del siglo XX. Por un lado, el panamericanismo, que pretendía “conformar –y legitimar también en su dimensión cultural– un espacio de pertenencia común americano como parte de las políticas de expansión de los Estados Unidos en la región” (2012: 21). Por otro lado, la emergencia de posiciones puristas y conservadoras fue una de las respuestas de la élite intelectual a la presencia de “nuevas voces, lenguas y modos de comunicación que, en el marco de la llegada de inmigrantes, atravesaban visiblemente los espacios públicos de la nación” (2012: 21). Es dentro de tal encuadre que, durante el siglo XX, se suma un nuevo tópico, el “criollismo”, que expone las tensiones entre las formas que rechazaban lo rural y aquellas que lo defendían.
    En dicha sección, además, las autoras dejan en claro que el recorrido por los materiales textuales propuestos no tiene como objetivo realizar un análisis exhaustivo del período, sino localizar aquellos discursos esenciales para interpretar las posiciones sobre la lengua. Sin dudas, se trata de una decisión metodológica coherente con la finalidad planteada, que otorga dinamismo al abordaje y contribuye a mostrar los diversos puntos de vista de la contienda.
    El capítulo 1 explora una serie de textos producidos entre 1900 y 1922 por Lucien Abeille, Ernesto Quesada, Ricardo Monner Sans, Ricardo Rojas, Tobías Garzón y Estanislao Zeballos. Inserto en el contexto del centenario de la Revolución de Mayo, el tópico que cobra mayor importancia es el de la inmigración. Vale recordar que, en las primeras décadas del siglo XX, se registraron los índices más altos de movimientos inmigratorios en el país. Atento a ello, el recorrido discursivo expone la tensión entre una postura moderna y cientificista, que integra al extranjero, y otra nacionalista, que percibe como amenazantes a las manifestaciones lingüísticas propias del criollismo y de la inmigración.
    El capítulo 2 condensa el debate generado entre 1926 y 1933, en el que cobra especial relevancia la reflexión sobre el rol que cumplen las instituciones, como el Instituto de Filología Hispánica, creado en 1923, y la Academia Argentina de Letras, que se funda en 1931. Por un lado, el Instituto “tuvo un papel central en la difusión y legitimación científica del discurso que sostenía la unidad lingüística del español” (2012: 49). Por el otro, la Academia se trataba de “una institución con fines predominantemente normativos, que asumiría desde su fundación algunas de las tareas propias de las academias correspondientes de la Real Academia Española, como la revisión de lexemas considerados argentinismos” (2012: 50). No obstante, según remarcan Glozman y Lauría: “fue el Instituto de Filología y sus principales investigadores –Amado Alonso y Américo Castro– quienes recibieron las críticas más incisivas por quienes veían en las posiciones de los filólogos un menosprecio de la cultura y de la lengua nacional” (2012: 50). La compilación, conformada por textos de Vicente Rossi, Jorge Luis Borges, Roberto Arlt, Amado Alonso, la Academia Argentina de Letras, Juan B. Terán y Carlos Ibarguren, exhibe diferentes miradas sobre el “idioma de los argentinos” y problematiza cuáles son las competencias de las instituciones en materia de regulación idiomática.
    El capítulo 3 hecha luz sobre las discusiones en torno a las variedades lingüísticas, en general, y a las peculiaridades rioplatenses, en particular, en un corpus de textos elaborados entre 1941 y 1943. Sin embargo, un acontecimiento puntual es el que vertebra el debate: la edición del libro de Américo Castro publicado por Losada en 1941, La peculiaridad lingüística rioplatense y su sentido histórico, en el que expresa una valoración negativa sobre la variedad rioplatense, a la que tilda de “desquiciada” y “desordenada”. Según destacan Glozman y Lauría, una serie de respuestas, provenientes de figuras emblemáticas de los ámbitos literario e intelectual, generaron una encarnizada lucha discursiva. Entre los enunciadores que participaron en la contienda figuran, además de Castro, Jorge Luis Borges, Vicente Rossi, Luis Pinto, Amado Alonso y el colectivo de la Academia Argentina de Letras.
    El capítulo 4 reúne textos que se articulan en torno a la dicotomía “nacional y popular”. La serie textual delimitada entre 1951 y 1955 se encuadra en el primer peronismo, los lineamientos antipuristas del Segundo Plan Quinquenal (1952) –uno de los principales instrumentos de planificación estatal–, y las repercusiones que éste originó. De esta manera explican las autoras la finalidad del proyecto político-cultural del peronismo:

    El objetivo formulado por el gobierno peronista –que implicaba crear una nueva academia, dependiente del Poder Ejecutivo, y un diccionario nacional– fue acompañado por una presentación oficial destinada a marcar las diferencias políticas entre las instituciones y expresiones nacionales y las peninsulares (2012: 90).
    Entre las voces del debate, se encuentran las de Arturo Capdevila, Fray Verísimo, Raúl Mendé, José Gobello, Avelino Herreno Mayor, Luis Pinto, el Segundo Plan Quinquenal y su manual práctico. Es interesante cómo los discursos muestran el desplazamiento que exhibe la representación de la lengua y del lunfardo, en especial. Por ejemplo, el lunfardo, ya alejado del tradicional imaginario que lo definía como lenguaje del delito, es valorado positivamente por Gobello, que lo identifica con el lenguaje porteño.
    El capítulo 5 indaga las querellas producidas desde 1960 hasta 1964 en relación con la prescripción de ciertas formas lingüísticas argentinas, como el voseo, en las esferas literarias y normativas. En efecto,

    En el caso de los debates en torno de la lengua en la literatura y de los estudios descriptivo-prescriptivos sobre el denominado “español de la Argentina”, la selección fue orientada específicamente hacia la problemática del voseo, que adquirió nuevos matices durante la década de 1960. Esta constituyó, en efecto, una de las cuestiones en torno de las cuales se articularon polémicas al interior del campo cultural y, más específicamente, del campo literario (2012: 110).
    Respecto del ámbito literario, el corpus se conforma con los textos de Juan José Hernández Arregui, Germán Rozenmacher, Ernesto Sábato y Ruth Fernández. Retomando la defensa que, en su columna “¿Hay quórum?” de Leoplán(1964), había realizado Sábato respecto del uso del voseo no solo en la literatura sino en la variedad nacional y que había desencadenado grandes repercusiones en los espacios docentes y literarios, Ruth Fernández expone en esa misma revista una serie de opiniones de escritores “tuteístas” y “voseístas”, entre los que se hallan Silvina Bulrich, Jorge Luis Borges, Roberto Giusti y Abelardo Castillo.
    Por otra parte, en ese lapso también se gestan discursos que han sido referentes en materia pedagógica sobre la cuestión lingüística y que han incidido en la formación de las representaciones sociales ampliamente consolidadas en nuestro país. El caso emblemático es el de Berta Vidal de Battini, quien fue referente en materia pedagógica y llevó a cabo un estudio dialectológico normativo demarcando las “regiones lingüísticas” de la Argentina, que publicó el Consejo Nacional de Educación. En el fragmento incorporado en la antología se observa cómo el voseo queda confiscado al ámbito coloquial, mientras que el uso del tú es legitimado como propio de las prácticas escritas.
    El conjunto de textos reunidos en el capítulo 6 fueron generados en una época signada por gobiernos de facto y procesos dictatoriales (1973-1982). Aparecen las voces de Diego Abad de Santillán, Hilario Giménez, Norma Colloca, Ángel Battistessa y, nuevamente, la de Berta Vidal de Battini. Glozman y Lauría distinguen tres grupos de materiales atravesados por las relaciones entre lengua y cultura y la construcción de la “argentinidad”. Si uno de estos grupos se dedica a la construcción de una concepción complementarista de la lengua nacional, el otro apunta a cimentar visiones de la lengua nacional con fuertes efectos políticos que configuran un imaginario de argentinidad, afín con los lineamientos políticos y culturales de la última dictadura. Pero, además, ubicado en el contexto de la Guerra de Malvinas, el texto de Berta Vidal de Battini expone “la fuerte articulación que las posiciones y los discursos tienen con los procesos políticas más generales” (2012: 128) y evidencia cómo los saberes especializados pueden funcionar como modo de sustentación de las concepciones políticas de coyuntura, en este caso, definiendo al enemigo extranjero en la guerra.
    Finalmente, los materiales del capítulo de cierre se inscriben en un contexto neoliberal en cuanto a las políticas económicas y culturales adoptadas. Los textos recopilados, que datan del período 1989-1997, se centran en la problematización de la dicotomía “unidad” y “diversidad”, desde la perspectiva de los saberes especializados en ligazón con las políticas sobre el lenguaje. En este sentido, Glozman y Lauría mencionan ciertos acontecimientos relevantes en el período en materia lingüística, entre ellos, la creación del Mercosur, que implicó “la necesidad de establecer criterios en relación con el estatus y el uso de las lenguas oficiales y de trabajo” (2012: 143), así como con los sectores educativo y cultural. En los debates del período –conformados con las disertaciones de Ofelia Kovacci, María Beatriz Fontanella de Weinberg, Jorge Vanossi, Mercedes Blanco, Jorge Asís, Elvira Narvaja de Arnoux y Roberto Bein–, emergen múltiples puntos de vista acerca de la implementación de políticas lingüísticas y proyectos oficiales asociados a la integración regional. Sin dudas, el ideologema de la “diversidad” cobra protagonismo en la enunciación de este último período abordado.
    Como se desprende de lo expuesto, Voces y ecos. Una antología de los debates sobre la lengua nacional (Argentina 1900-2000) constituye un valioso aporte al panorama actual de los estudios sobre la lengua nacional. Los distintos enfoques presentes en los textos recopilados, la heterogeneidad de los géneros y los lugares de enunciación referidos, así como las estrategias retóricas que conforman los discursos, dan cuenta del dinamismo y la riqueza de la obra, y de su significancia académica.
    En suma, esta antología no solo pone en circulación material de archivo fundamental sobre la temática, sino que invita a pensar la vinculación entre lenguaje, nación y norma, a reflexionar sobre las múltiples representaciones que vehiculizan la relación que los argentinos tenemos con la lengua y también a descubrir aquellas ideas cristalizadas sobre las variedades y la identidad lingüística que nos interpelan en tanto hablantes y ciudadanos.



Carolina Tosi
  Universidad de Buenos Aires / CONICET
(Argentina)

 

jueves, 26 de diciembre de 2013

Reseña en Hablar de poesía


Memorias de la tierra manuscrita


Diego Bentivegna: Las reliquias 
Alción Editora
 
Que nuestra vida comienza antes de nuestro nacimiento es algo que percibimos en la infancia misma, cuando la avidez de leyenda echa a volar nuestra imaginación por los caminos de las historias laboriosas de nuestros abuelos, últimos náufragos de la ola migratoria europea. Que nuestra vida no concluirá con la muerte, lo constatamos a medida que transmitimos las formas de amor que nos han sido legadas, ya sea al educar a un hijo o al escribir un libro. La vida de todo ser humano se extiende más allá de los límites que señalan su nacimiento y su muerte; ascendientes y descendientes aumentan nuestros años y nuestra experiencia, añaden aventuras del pasado y sueños del futuro a nuestros días. De idéntico modo opera la poesía que veneramos, la poesía que memorizamos: trae voces de otros tiempos y de otras lenguas a la nuestra, ahonda nuestro horizonte intelectual, dilata nuestra percepción del mundo. Si bien este tipo de conjeturas autobiográficas y nemotécnicas no son muy frecuentes en la literatura de nuestros días, la poesía del tiempo sentido (esa que trabaja con la memoria) siempre le ha reservado una zona a la ensoñación de los orígenes, tanto ancestrales como literarios. La palabra “nostalgia” encierra en su etimología el secreto de ese proceder: regreso y dolor son las dos voces griegas que la configuran, nóstos y algia. Tal la sístole y la diástole que impulsa la escritura de Las reliquias.
Sorprende la calidad de este primer libro tardío de Diego Bentivegna, sorprende tanto por la entrañable potencia del sentimiento que impulsa su imaginación como por la enjundia de la escritura que lo realiza. Atrapa la índole de su inspiración, la singularidad de su “dictado de amor”, que nada tiene que ver con el arrebato, con los automatismos psíquicos o dialécticos. Las reliquias, en efecto, es un libro construido, pensado y elaborado a la manera clásica: tallado lenta y amorosamente en la madera del árbol de la memoria, árbol genealógico podríamos decir, tanto en lo que hace a vínculos de sangre como a afinidades literarias. “Es como entredormirse en la madera”, afirma el autor, “es el viento que gime / como legión de muertos que rodean la casa”. Esos muertos son sus abuelos italianos y las voces de algunos poetas de la misma lengua, especialmente dos de ellos, quienes redescubrieron con mirada pura y dolorosa la Italia humilde: Ungaretti y Pasolini. Al igual que Ungaretti, Bentivegna podría decir: ben nato mi sento / di gente di terra. También podría hacer suyo un verso de Pasolini: Io sono una forza del Passato. Sin líneas superfluas, con una coherente organización del material imaginativo, el volumen se impone como un todo concebido con inteligencia y realizado con arte. Seis capítulos configuran la obra: I. Las travesías, II. Rebaño místico, III. Un mundo que flota, IV. Las trincheras, V. El texto sembrado y VI. El niño expósito. Detengámonos en algunas de las escalas que pautan la odisea de sus mayores, los cuatro abuelos que emigraron de Italia hacia la Argentina en el siglo pasado.
El primer capítulo evoca la travesía Nápoles-Buenos Aires. La obertura despliega la visión de la amplitud marina con el aliento propio de la oda. De hecho, pensé en Lugones, el Lugones de la oda “A los ganados y las mieses”, al leer los primeros versos: “El barco ahueca con su peso el agua / bajo las sombras ferrosas de la noche; / deja su surco sobre la masa blanda”. La inspiración se sostiene a lo largo del centenar largo de versos que continúan a los tres citados. Endecasílabos, alejandrinos y heptasílabos, alternándose con otros de sílabas pares, pautan el ritmo remansado de la expresión. Las imágenes se presentan como fragmentos de un gran mosaico de colores esmaltados, en el que se mezclan (sin llegar a unirse) los solares destellos del pasado italiano y las áridas sombras del presente argentino, imágenes “que arman sobre el agua su precaria patria”.
El segundo capítulo (Rebaño místico) hinca la palabra poética en el desamparo interior de los abuelos exiliados. Los fantasmas de Domenico, Vittorio, Rosaria y Santina deambulan en una zona híbrida y gélida, hecha de turbios retazos de suburbio porteño y de luminosas reminiscencias de la tierra natal. Se destaca en este capítulo una dramática y conmovedora plegaria que libera el dolor de los emigrantes: “Ah, tómame del todo, Padre, / bébeme hasta el fondo, rápido: / siento que me desgarro en los olivos, / que escribo sin saberlo un poema con mi sangre…” El tercer capítulo (Un mundo que flota) está dedicado a Venecia, “la ciudad batracio”, según reza una bella imagen. Allí Bentivegna muestra su propio perfil atónito de sobreviviente: el de un nieto en el que se prolonga el dolor del exilio, “un extraño; / también él, un anfibio en esa tierra”.
En los capítulos IV y V (Las trincheras y El texto sembrado), la pobreza, el “ascetismo hambriento”, los dialectos, el “sacro comunismo campesino”, el “culto de las madres”, la “cosecha colectiva” y otras mágicas semillas arcaicas germinan en la memoria nostálgica de Bentivegna, arraigan en su texto, dándole vida a piezas líricas de gran poder evocativo. Valga de ejemplo un fragmento, un pequeño cuadro que incorpora otro en su interior, en el que un chico “en su pureza meridional señala / desde el ícono una tierra / completamente bella: // la tierra manuscrita // regada por la luz / que cae desde lo alto / como el oro…” L’Italia, la tierra manuscrita ? espléndida metáfora del terruño trabajado a mano, surco por surco ? es la tierra legible, vale decir: la tierra con significado; opuesta, claro está, a la nuestra, indescifrable por el momento.
En el capítulo final (El niño expósito) las evocaciones del pasado se concentran en un nudo de dolor en el que orfandad y poesía se funden. Dice por boca de su nieto el abuelo Vittorio: “En medio de la noche me abandonan / y soy apenas nada, / ni siquiera soy voz, soy solamente / un gemido…” Inmediatamente después de esta página, en un poema dedicado al “exterminador Vesubio” (“profeta formidable”), la imagen del abandono se hace extensiva a todo el mundo visible. La posibilidad de un mundo borrado por el fuego, la tierra baldía de la que habló Leopardi antes que nadie, se muestra en “visiones de Marte o de Saturno, / que bajan con las bombas a la tierra”. Completa la katábasis el relato del destino de su abuelo Vittorio durante la Primera Guerra Mundial: la clasificación de los cadáveres que llegan del frente. “Los organizo en filas; son como maniquíes / que por un encanto, por un soplo, podrían tener vida; / reviso la boca de muchachos ignotos / en los que tal vez persiste algún resto de tierra, / sus naranjos, su miel, su leche generosa”. Como puede observarse, no obstante la experiencia atroz, la esperanza no muere. Las últimas notas del libro son claras; prevalece el amor por la luz del “país de los limones”, “la tierna, dulce tierra de Italia, / con sus poetas tassos melancólicos”.
Del conjunto de citas que, a manera de señales de amistad, Diego Bentivegna distribuye por sus textos, quiero copiar una de A. de Lamartine que de algún modo condensa la sensación que dejan en la memoria del lector muchas de las poesías de Las reliquias: “Cuando el horizonte de la mañana estaba límpido, veías brillar la blanca casa del Tasso, suspendida como un nido de cisne de un acantilado de roca amarilla, cortado a pico por las aguas”. 
Ricardo H. Herrera
 
 

jueves, 19 de diciembre de 2013

Lectura de siglo XX el Diario Perfil

Compartimos la reseña publicada en el suplemento Cultura del Diario Perfil, en su edición impresa del domingo 15 de diciembre pasado, de "Lecturas de siglo XX. Viaje, límite, umbral".


.

lunes, 16 de diciembre de 2013

Reseña de Lecturas de siglo XX en el diario El Litoral de Santa Fe

Reproducimos la publicación en el diario El Litoral de la reseña de "Lecturas de siglo XX. Viaje, límite, umbral." en su edición del jueves 12 de diciembre pasado. La misma puede leerse también aquí.

Por Mateo Niro
“Lecturas de siglo XX. Viaje, límite, umbral”. 
Laura Isola (ed.). Buenos Aires, ediciones Cabiria, 2013.

Este libro de crítica puede ser leído en dos claves: con una serie de ocho ensayos de académicos de la Universidad de Buenos Aires (incluido un texto introductorio de Daniel Link) sobre libros y autores universales y canónicos del siglo XX; o como un sólido catálogo de modos de abordar críticamente la literatura. Al leer Lecturas de siglo XX, el referente puede ser considerado América de Kafka, los cuentos de Faulkner y Flannery O’Connor, Fuga sin fin de Roth, la poesía de Paul Celan, Bajo el volcán de Lowry o Matadero Cinco de Vonnegut; o, mejor, la crítica como género capaz de producir, cada vez, nuevos significados. Esta compilación evidencia los procesos de producción textual constitutivos del género, desde la selección del corpus en el inmenso mar de obras literarias célebres y laterales, la justificación del recorte, el abordaje eminentemente discursivo, su inscripción (o el trazado) en tradiciones más o menos forjadas, y la puesta en relación con otras obras del mismo de autor y de otros autores literarios y teóricos.
Tradicionalmente, quienes se enfrentan al desafío de la reflexión crítica académica encuentran modelos textuales inscriptos en dos polos extremadamente lejanos: los clásicos estudios de prestigiosos críticos (en Argentina, por ejemplo, por citar a los más contemporáneos, Sarlo, Ludmer, Piglia y el propio Link, entre otros) que pueden hallarse en anaqueles de grandes cadenas de librerías y en las bibliotecas universitarias, por un lado; y los trabajos leves de estudiantes que se derraman en páginas de Internet y que conforman esbozos o simples aproximaciones. Basta, para la ejemplificación de esto, colocar en el buscador cualquier nombre propio de escritor y/o libro. Para ambos casos, la elaboración rigurosa de un texto crítico medido queda lejana: uno por mucho, otro por poco. Este trabajo estos ensayos- viene a salvar esa carencia. Se trata de abordajes críticos de 15 ó 20 páginas ni 200 ni 4- que recorren con suficiencia una obra. Se reconoce solvente pero, a su vez, se muestra alcanzable.
La “lección inaugural”, de Daniel Link, deja huellas de todo esto pero, de alguna manera, morigera las consideraciones. Dice que Lecturas de siglo XX se trata de “un manual de enseñanza no presencial que también puede entenderse como un manojo de cartas de amor”. Pero no es sólo eso: se trata, además, de un manual de manuales de enseñanza, de un secretario de cartas de amor.

lunes, 30 de septiembre de 2013

Reseña en Poesía Argentina

Libro Las reliquias
Diego Bentivegna
Córdoba, Alción, 2013, 68 páginas


 
El oficio de la memoria
Por Mateo Niro.

Las reliquias es un poemario hecho de memoria. No es justo esto, no. El poemario, más bien, hace la memoria, la construye. Así lo dice como rezo el verso inaugural (“Trabajo la memoria”) y así, verso tras verso, se van tallando los recuerdos. El verbo “trabajar” en sus acepciones transitivas carga con la ambigüedad semántica de, por un lado, quien emprende la tarea artesanal, quien cincela, pero también de quien mortifica.

Nos detendremos en ciertas huellas del libro que permitan justificar estos sentidos expuestos. Por ejemplo, la marca de la dedicatoria a sus abuelos, con sus nombres musicales, Domenico y Vittorio; Rosaria y Santina, que no están, pero que este poemario los trabaja. “Los veo”, dice al final de la dedicatoria, como sentencia, como revelación por solo decirlo. Parecen recuerdos que se materializan por la evocación, por la performatividad de la palabra poética que los levanta y los echa a andar. Como una revancha al no somos nada de velatorio, este libro pareciera sostener que somos el eco de los muertos que ahí están, que, como dice uno de los poemas, rodean la casa. Otra huella es la de ese primer poema antes citado que funciona como un catálogo de principios, aquello que definirá orden y jerarquía a lo largo del texto, que suscribe que el antónimo de la memoria no es el olvido sino el silencio. Como un grupo de niños que gritan en la catacumba para sentir el rebote de la propia voz deformada, y que si no se la exige, sino se la fogonea, se va apagando y queda la nada.

La primera vez que se escucha la palabra “reliquia” en el libro está en los albores de lo que se constituiría como cuerpo del poemario, cuando ya se acabaron los principios y sobreviene la duda, modalidad que se acerca más a lo imposible de la resurrección de nuestros muertos, que sirve para interpelar al contemporáneo que somos y le exige respuesta: “¿Podremos esta vez aferrar aquellas fotos?/ ¿rescatar de la arena resabios de reliquias?/ ¿llevarnos a los labios ya ningún crucifijo?/ ¿clavar en los baúles ajadas estampitas?”, dice el poema. “Reliquia” es una muy bella palabra que pareciera gozar de cierta recursividad, ser ella misma lo que nombra. ¿De qué están llenas en este poemario esas reliquias? No lo sabemos en su totalidad, porque como esos trastos que recién se rescatan de los naufragios, aún no es tiempo de la disección y de separar la paja del trigo. ¿Para qué nos serviría, también, si este libro no nos empuja a hacer un museo de la memoria sino una factoría que amasa pasado? Algunos de los retazos que la componen, eso sí, son las plegarias, el murmullo en lengua italiana, algunos nombres propios, el yugo proletario de los antepasados, los cuerpos lacerados de la guerra y una novedad letrada que se cuela como paratexto, nos guía e interpreta. Valga como botón de muestra unas breves y heterogéneas oraciones de una página cualquiera:

(Vittorio, Munro o Florida, 1956 o 1957; fábrica de Gránix; capilla y convento de San José)
Donde hay un puentecito o una hilera de piedras para facilitar el cruce, es obra de los vecinos.
R. Walsh, Operación masacre.

No es el Isonzo, no, eso que guardi,
Es sólo un arroyo donde vierten

las fábricas su líquido,
desperdicios de agua moribunda
la atraviesa el puente de metal
que por la tarde cruzan las ovejas de la Gránix,
el rebaño sumergido en su silencio luterano:

es agua que se escurre en los canales
en un humano barrio de extranjeros,
con sus rusos, gallegos, italianos,

sus pequeñas venecias o salónicas:

poblaciones traídas en carcasas
por el Paraná o el Plata, con su austera
aspereza, sus hablas de una plácida tierra
románica, de una llanura mística y eslava;
sus carbonerías,

su madera en capillas palotinas
de apóstoles lustrosos con  manos carpinteras:
dispersos oratorios de suburbio donde Cristo
se retuerce en la noche como un verme.

A propósito de la cita, otro tópico del poemario es el agua que fluye, que se detiene, que hace barro. Todos estos versos están mojados como los pies del pescador que no sólo al arriar las redes se confunden con el agua, sino también cuando aman, cuando sueñan y se despiertan en colchones de lana. Esos pies están hechos de agua. Así, un rosario de mares y olas, orillas y escolleras, archipiélagos y estuarios, barcos y sirenas riegan la memoria que estos poemas trabajan, la nutren para que crezca sana. Son los fantasmas que arman sobre el agua su precaria patria. Por último, y para terminar esta reseña, de vuelta acá, podemos exigirnos un ejercicio de lectura inverso al que trabaja el poemario: así, deconstruir ese pasado, deshistorizarlo, que el hilo de Ariadna regrese a su ovillo. ¿Qué queda, entonces? Soy lo que resta, dice el poeta. Tal vez, como él mismo se llama en sus Reliquias, quede el hijo de la espuma.

Poemas de Las reliquias

(Doménico, frente de Los Alpes, 1917)


Camino por la nieve como un ciego,
un molusco que se asoma del agua en la luz blanca:

deambulo por los caminos que siguen el Isonzo,
el Piave, el Tagliamento
(¿son ahora éstos mis ríos?),
senderos que bordean
tranquilos la corriente, se internan
entre manchas de casas que podrían
dormitar ahora mismo en un suburbio quieto:
en silencio, en apagadas manzanas donde nacen
patios con albahaca, macetas de cemento
con pasto mitigado, menta
que crece en las hendiduras de los techos,
hierba que se duerme con luz en las terrazas;

parras donde las uvas se enternecen,
se hacen moradas, negras, con el calor de marzo.


(Plegaria)
Poi s`ascose nel fuoco che li affina.
Dante, Purgatorio, 148.    
  
Ah, tómame, Padre,
bébeme hasta el fondo, rápido:
siento que me desangro en los olivos,
que escribo sin saberlo un poema con mi sangre,
con el agua de vida que se abre paso por mis venas.

Ignoro desde dónde brota mi agua.
Rubrico con una  sola letra esta, mi muerte,
que no llega, que se esfuma
como, cuando atardece, se vuelven impalpables los zorzales.

Soy un cuerpo exiliado que se purga,
que se afina dentro de una llama.

Enlace a la publicación: http://poesiaargentina.com/revista.php

sábado, 7 de septiembre de 2013

Los que fueron, en La voz del Interior

Compartimos la última reseña del libro de Cecilia Romana, publicada en el suplemento cultural "Ciudad X" del diario La voz del Interior.


sábado, 24 de agosto de 2013

Reseña de Los que fueron, en ADN

En una nueva alusión al detalle como protagonista indispensable de Los que fueron, se publicó esta reseña en la edición del viernes 23 de agosto en el suplemento "ADN Cultura", del diario La Nación.

 






martes, 18 de junio de 2013

Reseña de Los que fueron en el diario El litoral de Santa Fe

Bajo el título "Un registro del mundo en el detalle", el diario El litoral de la Provincia de Santa Fe publicó en su edición del jueves 23 de mayo una extensa reseña sobre Los que fueron, de Cecilia Romana.
Por Diego Di Vincenzo
Cecilia Romana ha sido y sigue siendo una aventurera entusiasta de las ocasiones literarias. Y digo “aventurera” como quien dice: la producción y la circulación de la poesía es un ejercicio cargado de alegría, unido indefectiblemente a la amistad como asociación de intereses comunes, espacio de arrojo vital y poético. Aventurera, además, porque la ocasión de la literatura es siempre un impulso hacia lo que todavía no ha sido dicho. Fundadora con Marina Serrano y Mercedes Araujo del sello Sigamos enamoradas (tal vez uno de los intentos más genuinos por desarropar a la poesía de sus tufos académicos, solemnes y bastardos), esta poeta bonaerense nacida en Martínez a mediados de la década del setenta, residente y conocedora alucinada de la ciudad de Santa Fe, obtuvo en 2006 el prestigioso Premio de Poesía Iberoamericana Sor Juana Inés de la Cruz (Conaculta, México), y además de publicar poesía (Flota, hangares y otros trabajos mecánicos, Ediciones del Copista, 2004; No lo conozcas, 2006, merecedor del Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines, entre otros títulos), también escribe narrativa para niños (Fue acá y hace mucho. Antología de leyendas y creencias argentinas, en Kapelusz editora), edita antologías (Hotel Quequén I, II y III) y participa en libros de texto como colaboradora de Kapelusz, la centenaria editorial escolar.
En Los que fueron se diría que hay un sino de profeta, una voz que sentencia y desgrana su tradición en el mundo de los antiguos griegos, los hebreos bíblicos, la fauna del horóscopo chino. Se trata de una serie de poemas que beben de las mamas ancestrales de la Naturaleza, del ciclo (ritual) de la sucesión de la vida. En efecto, una poesía profundamente primitiva en sus evocaciones y gestos, asociada al despertar de la vida como estado salvaje, al destello de lo que busca abrirse paso a través de la máscara ominosa de las culturas urbanas: tal vez por eso casi no hay mención de la Ciudad de Buenos Aires; sí, en cambio, de algún barrio de Santa Fe capital, donde Romana residió unos años, y de espacios y tiempos de la Zona Norte del Gran Buenos Aires (Maipú, la avenida principal de Vicente López). También recuerdos de infancia, es decir, de ese relato primario que es prehistoria de identidad y futuro. La única alusión de una calle porteña (la palermitana Honduras, en el poema “Una alfombra para dos escritores”) registra una experiencia amorosa fallida. Una poesía que encuentra lo esencial de la experiencia humana en lo que ésta tiene de primigenia, abarrotada y caótica (mítica). El libro se abre con una cita del gran poeta griego Capetanakis: ... la sempiterna ambigüedad de las cosas/ que hace que nuestra vida signifique muerte, nuestro amor sea odio, y se cierra con el mismo espíritu (los versos finales del último poema del libro “Terrier”, dicen esto: ... sobre esta brutalidad construiré nuestro amor).
Por eso, este poemario evoca a Tiresias, el sabio ciego de la tragedia griega (el género de Dionisio, origen del teatro, dios del ciclo vital que se hace trizas y vuelve a vivir; dios del desenfreno: Un día una noche estaba borracho y me dijo: te quiero mucho, mucho, mucho, se lee en “Una noche-un día”), trae a los indios, y a los soldados, los regimientos, la guerra, es decir, a esos actores de la largas luchas intestinas previas a la instauración del Estado nacional. Por eso, hay San Francisco (el “santito” de la oda eterna a la Creación, a la naturaleza, a los animales), y hay tierra, flores y otros modos de resistir las mediaciones de la civilización técnica. La evocación del mundo dionisíaco, decíamos, pero también de la fuerza vital de Nietzsche o de la amenaza al Ser de Heidegger; un persistente olor de temas y tópicos también preurbanos, los de la poesía española medieval: Querrías ser mi hijo, soldado, piensa en “Gajes del ama de casa”).
Como señala uno de los poemas (hay una cierta fijación por el detalle), la forma de la enunciación en que este sujeto poético quiere construirse encuentra un registro del mundo en el detalle, en los intersticios o huecos; mira con lúcida sorna lo que queda fuera del poema (en particular, a los varones, a quienes reverencia con afán maternalmente erótico), y ese mundo se levanta en el poema evocado por una voz aniñada que, la mayoría de las veces, no comprende bien lo que allí sucede. Entre esas formas, se cuela también una rebeldía nunca colérica, más bien risueña, al estilo de la Alicia de Carroll, o maravillada, como la que nos entregó para siempre el pequeño Rimbaud. Rebelión que es pregunta, tristeza, despabilo.
Como las mujeres que habrán sido sus abuelas o tías, que mirarían por la ventana mientras zurcían calcetines, el mundo del que esta Romana se preserva tiene espacios privilegiados: la casa y el barrio, los baldíos, las flores y los animales, un marido y una hija, un amor para siempre.
Querría, querido lector, invitarlo con especial recomendación a leer este libro. Ya se sabe: se edita poesía a través de premios y premiaciones, proyectos independientes. Pero las tiradas son chicas, y la distribución, escasa. No hay duda de que la mejor manera de acceder hoy a la poesía es a través de Internet. ¡Quiera el editor de Cabiria desparramar estos versos por el mundo a través de la web! Tendrá usted, entonces, la ocasión de asomarse a una poesía que guerrea contra la automatización de la vida. Y que busca refugio en los espacios más inmediatos (a diferencia de los grandes proyectos estéticos del siglo XIX, en los cuales todo estaba lejos de casa), en los que Romana asienta todo su proyecto poético.
La nota original, acá.

martes, 11 de junio de 2013

Pastilla sobre Los que fueron

Pastilla sobre Los que fueron, de Cecilia Romana (Colección Vidanueva, Cabiria ediciones),
 publicada en el último número de la Revista Ñ de Cultura, del diario Clarín.